25/7/18

El monje y el árbol un cuento de Fernando Garzón

Cuenta una historia que en las profundidades de la Casa de Campo de Madrid habitan unos árboles centenarios finamente pulidos por uno de sus lados. Un enigma que durante siglos ha permanecido sin respuesta.

Los que creen haberlos visto, dicen que pudieron haberlo hecho los corcheros siglos atrás, otros que es obra de algún tipo de animal e incluso, hay quien dice que es cosa de los elementales del bosque…, pero existe un cuento muy antiguo que puede darle explicación a éste fenómeno, y dice así:



         Érase una vez, una comunidad de monjes que cada día, mañana, tarde y noche, salían a caminar al bosque para llevar a cabo sus meditaciones. El abad, un hombre muy mayor de rostro bondadoso, encabezaba estas marchas que realizaban en silencio hasta el lugar habitual de reflexión.

Una vez allí, cada monje se sentaba junto a un árbol, acomodando sus espaldas en ellos en estrecha simbiosis. Durante una hora, monje y árbol se unían en una sola respiración contemplando todo cuanto sucedía en el bosque.

Un joven monje, que hacía menos de un año que se había unido a ellos, observó que el lateral del árbol donde se apoyaban sus compañeros estaban pulidos de forma sublime y él pensó, que para poder hacer bien sus reflexiones, lógicamente, necesitaba tener su árbol igual de preparado. Por ello, al regresar al monasterio comenzó a preguntar a todos y cada uno de los monjes cómo habían preparado su árbol a lo que todos le contestaban lo mismo, que hablara con abad y él le daría respuesta.

Pero la juventud y las ganas de querer iniciar su carrera de forma brillante, le llevaron a investigar por su cuenta cómo podía hacer para que su árbol estuviera tan maravillosamente pulido y hacer así bien sus reflexiones.

Preguntó al bibliotecario, al cocinero, al jardinero y por último, al carpintero, pero ninguno le dio una respuesta satisfactoria. Comenzó a pensar incluso, que no querían decirle el secreto para que su árbol luciera pulcro y lustroso.

Sus momentos de reflexión, mañana, tarde y noche, comenzaron a hacerse insoportables ya que al no estar pulido su árbol todo era incomodidad. Observaba a sus compañeros en profundo silencio e inmovilidad con envidia, mientras él no podía parar de moverse y de mirar su respaldo. Las rugosidades de la madera, las hojas y las ramitas que se clavaban en su espalda cada vez le resultaban más insoportables.

Pensó en abandonar.

Y así lo hizo.

Pidiendo permiso para hablar con el abad, se abandonó a la ignorancia y a la necesidad de encontrar por sí mismo la respuesta perfecta.

_ Abad, ¿cómo puedo hacer para que mi árbol esté tan perfectamente pulido como el suyo? Estoy convencido de que si mi árbol estuviera así de bien, ¡mis ejercicios me saldrían mucho mejor! _ El abad, sereno y tranquilo, habiendo esperado largo tiempo a que su compañero acudiera a su encuentro, le observó cariñosamente y le dijo.

_Hace muchos años, le pregunté lo mismo al abad que habitó el monasterio antes que yo. Su árbol estaba en absoluta comunión con él, se amoldaba perfectamente a su postura y veía que podía estar días enteros sin moverse reflexionando sobre todo cuanto sucede en el bosque.

_¿Y qué le dijo el abad?_ le preguntó el joven impaciente.

_Me dijo que con los años y la práctica, aparecería un carpintero, un escultor muy sabio que remataría todas las imperfecciones del árbol, y que haría que yo y él fuéramos uno solo, dejándome de importar todo aquello ajeno a la reflexión.

_¿Y tardó mucho en venir abad? _ volvió a preguntar.

_A unos más y a otros menos, pero siempre aparece joven compañero. El día menos esperado, al finalizar tus ejercicios y levantarte del suelo, el tallador habrá venido y tu respaldo lucirá bello y maravilloso sin que te hayas dado cuenta.

_Gracias abad. Estoy deseando salir de nuevo a disfrutar de mis ejercicios.


Instructor de Yoga y Autor


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